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BVH Poesia

viernes, 22 de junio de 2018

Baltasar del Alcázar .- CENA

En Ronda, donde resido,
vive don Diego de Sosa,
y diréte, Inés, la cosa
más brava dél que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués,
pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;
lo que se ha de cenar, junto;
y el vino y tazas y a punto:
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo
y el salpicón, con su ajuelo,
¿no miras qué tufo da?

Esto, Inés, ello se alaba;
no es menester alaballo;
sola una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

Echa vino, y por tu vida,
que le des tu bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar la bebida.

Bueno fue, Inés, ese toque;
franco fue, mas yo, ¿qué hago?
Vale un florín cada trago
de este vinillo aloque.

La taberna del esquina
lo suele a veces vender;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Echa otra vez, serán dos,
ya que la cosa va rota.
¡Quién dél tuviere una bota
para más servir a Dios!

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene agora?
La morcilla, ¡oh, gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué bizarro garbo tiene!
Yo sospecho, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,
que es algo angosto el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Ande apriesa el trasaniejo,
porque con más gusto comas;
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia, el buen consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe de estar de especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

Vive Dios, que se podía
poner al lado del Rey,
al fin, puerco a toda ley,
que hinche tripa vacía.

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial:
no es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué cuerpo rancio y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!

El corazón me revienta
de placer y a ti te veo
cómo te va. Yo, por mí,
que debes de estar contenta.

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:
el de Pinto no le iguala;
y la aceituna no es mala:
bien puede bogar su remo.

Pues haz, Inés, lo que sueles;
daca de la bota llena.
Bebamos. Hecha es la cena,
levántense los manteles.

Ya, Inés, que habemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan; yo me duermo;
quédese para mañana.

jueves, 21 de junio de 2018

Ángeles Mora .- Galeras de Lepanto

Amarrado al duro banco.

A. Errol Flynn


Siempre supimos
que la traición fue un arma de dos filos
o que la muerte deja por los labios
—viejo alfanje de Orán, oh cimitarra—
huellas de cianuro en cada puerto.

Aún así
no despejes la incógnita del día
déjala navegar...
y aunque la risa
sea tantas veces trágica
mente incierta
no dudes inventarla
cada hora a lo lejos:
la sucia mar de invierno
amarrada a aquel banco.

Más vale confundir y ser malditos
remeros de galeras
pues frente a la bajeza sonríe cada tarde
y el látigo del cómitre no olvida
repetir nuestra historia...
Más vale deslizarse a la deriva
saludar a la luna si te aburres
y regalar tu asco en la taberna.

—Ser duro o ser esclavo
aun con ramas de espliego-

De todos modos, digo, no te excuses jamás.
Provoca galeotes, eso resulta claro
como una sobredosis de la vida.

A veces sólo queda huir hacia adelante
como lucha un corsario, atroz, en la bajura...

miércoles, 20 de junio de 2018

Sor Juana Inés de la Cruz .- REDONDILLAS

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

martes, 19 de junio de 2018

Palabras de otoño


[Poema - Texto completo.]
Medardo Ángel Silva

A Miguel Ángel Barona

Guárdate tus sonrisas: mi corazón hastiado
como fruto en sazón, a la tierra se inclina;
la senda ha sido larga, amiga; estoy cansado
y quisiera gozar de mi hora vespertina.
Odio aquellos amores de folletín: mi herida
no mendiga limosnas de piedades ajenas;
yo tengo una tragedia y se llama Mi Vida;
para escribirla usé la sangre de mis venas.
Mi otoño anticipado me vuelve reflexivo;
me encuentras casi triste, sereno, pensativo,
no siento las delicias del flirt, es la verdad.
Mi espíritu se orienta hacia la eterna aurora,
hasta que la clepsidra de Dios anuncie la hora
de ser con mi señor para la eternidad.

Libro del amor,
1915-1917

Guillermo Pilía .- Hermoso es estar vivos

¿Qué otras palabras darte —te escribí— que no fuesen
las más sencillas, las más apartadas
de estas otras, entornos de las cosas
?
De los dos fuiste siempre la que hería el silencio,
yo el que no deseaba rebajarte a una voz
—lo recuerdo: no sé si en el crepúsculo
de la mañana o la tarde me decías
Qué hermoso es estar vivos—, yo el que nunca quería
nombrar más que las cosas que he perdido: el olor
de la primera fogata que el viento
de marzo dispersaba, un perro que dormía
en una puerta junto a un pan, la calle
de un suburbio endomingado. 
Qué hermoso
es estar vivos
 —decías quizás en el crepúsculo
del alba o de la tarde, tal vez los dos estábamos
desnudos o volvíamos de un viaje—.
Esas cinco palabras ahora te devuelvo,
esas cinco palabras que nunca pedirán
ni nombre ni recuerdo, eternas en sí mismas:
las más tuyas y mías: 
inéditas por siempre.

Rubén Darío .- Recreaciones arqueológicas

Escrita en viejo dialecto eolio 
hallé esta página dentro un infolío 
y entre los libros de un monasterio 
del venerable San Agustín. 
Un fraile acaso puso el escolio 
que allí se encuentra; dómine serio 
de flacas manos y buen latín. 
Hay sus lagunas. 

... Cuando los toros 
de las campañas bajo los oros 
que vierte el hijo de Hiperión, 
pasan mugiendo, y en las eternas 
rocas salvajes de las cavernas 
esperezándose ruge el león; 

cuando en las vírgenes y verdes parras 
sus secas notas dan las cigarras, 
y en los panales de Himeto deja 
su rubia carga la leve abeja 
que en bocas rojas chupa la miel, 
junto a los mirtos, bajo los lauros, 
en grupo lírico van los centauros 
con la armonía de su tropel. 

Uno las patas rítmicas mueve, 
otro alza el cuello con gallardía 
como en hermoso bajorrelieve 
que a golpes mágicos Scopas haría; 
otro alza al aire las manos blancas 
mientras le dora las finas ancas 
con baño cálido la luz del sol; 
y otro, saltando piedras y troncos, 
va dando alegres sus gritos roncos 
como el ruido de un caracol. 

Silencio. Señas hace ligero 
el que en la tropa va delantero; 
porque a un recodo de la campaña 
llegan en donde Diana se baña. 
Se oye el ruido de claras linfas 
y la algazara que hacen las ninfas. 
Risa de plata que el aire riega 
hasta sus ávidos oídos llega; 
golpes en la onda, palabras locas, 
gritos joviales de frescas bocas, 
y los ladridos de la traílla 
que Diana tiene junto a la orilla 
del fresco río, donde está ella 
blanca y desnuda como una estrella. 

Tanta blancura, que al cisne injuria, 
abre los ojos de la lujuria: 
sobre las márgenes y rocas áridas 
vuela el enjambre de las cantáridas 
con su bruñido verde metálico, 
siempre propicias al culto fálico. 
Amplias caderas, pie fino y breve; 
las dos colinas de rosa y nieve... 
¡Cuadro soberbio de tentación! 
¡Ay del cuitado que a ver se atreve 
lo que fue espanto para Acteón! 
Cabellos rubios, mejillas tiernas, 
marmóreos cuellos, rosadas piernas, 
gracias ocultas del lindo coro, 
en el herido cristal sonoro; 
seno en que hiciérase sagrada copa; 
tal ve en silencio la ardiente tropa. 
¿Quién adelanta su firme busto? 
¿Quirón experto? ¿Folo robusto? 
Es el más joven y es el más bello; 
su piel es blanca, crespo el cabello, 
los cascos finos, y en la mirada 
brilla del sátiro la llamarada. 
En un instante, veloz y listo, 
a una tan bella como Kalisto, 
ninfa que al alta diosa acompaña, 
saca de la onda donde se baña: 
la grupa vuelve, raudo galopa; 
tal iba el toro raptor de Europa 
con el orgullo de su conquista. 

¿A do va Diana? Viva la vista, 
la planta alada, la cabellera 
mojada y suelta; terrible, fiera, 
corre del monte por la extensión; 
ladran sus perros enfurecidos; 
entre sus dedos humedecidos; 
lleva una flecha para el ladrón. 

Ya a los centauros a ver alcanza 
la cazadora; ya el dardo lanza, 
y un grito se oye de hondo dolor: 
la casta diva de la venganza 
mató al raptor... 

La tropa rápida se esparce huyendo, 
forman los cascos sonoro estruendo. 
Llegan las ninfas. Lloran. ¿Qué ven? 
En la carrera la cazadora 
con su saeta castigadora 
a la robada mató también.